Hugo Molina adoraba a su hijo Pablo y al menos había un adulto que quisiera a Pablo pues todos los demás lo consideraban más que un niño travieso un delincuente prejuvenil, pero para los niños del barrio era no solo su líder sino su héroe pues había convertido el viejo barrio en un lugar lleno de aventuras.
Fue él quien organizó la expedición de caza y quien abatió con una certera pedrada al gato de Don Braulio, poderosa fiera que había herido a uno de los mellizos y luego asaron y comieron al felino como hacen los cazadores de verdad.
Fue él quien organizó la ascensión del tercer piso donde vivía, armado sólo con una cuerda, aventura durante la cual algunos niños se ocasionaron heridas leves a cambio de la increíble sensación de conquistar aquella altura.
Pero la verdadera obsesión de Pablo era asustar a la gente; se escondía en los lugares más insospechados solo para saltar de repente sobre algún desprevenido y ver su cara de espanto.
Por eso cuando aparecieron en el comercio máscaras que cubrían la cabeza por completo como una capucha, tan diferentes a las antiguas y frágiles máscaras de plástico o cartón que solo cubrían el rostro y que hasta ese momento habían sido la única opción para disfrazarse aparte del maquillaje, Pablo le pidió al Niño Dios una pero no cualquiera sino la más espeluznante de todas: la máscara de hombre lobo.
Lo que ignoraba Pablo es que el Niño Dios era su padre y que aquella máscara era muy costosa.
- Mira Pablo el Niño Dios tiene que comprar muchos regalos y por eso no le alcanza la plata para la máscara.
- Pero a otros niños les ha traído cosas muy caras y a mí siempre me trae regalitos chichipatos, lo que pasa el que el Niño Dios me tiene bronca -.
Hugo no sabía que decir ante el razonamiento de su hijo: no quería decirle la verdad acerca del Niño Dios pero tampoco que su hijo pensara que ni siquiera de él se podía esperar justicia y ante el silencio de su padre Pablo halló una explicación.
- Lo que pasa es que yo me porto muy mal, todos los vecinos dicen que soy el diablo y por eso el Niño Dios no me regala cosas caras - dijo al borde del llanto.
Pero pronto se consoló y no porque hubiera renunciado a su sueño sino porque pensó que si se portaba bien el Niño Dios no podría negarle nada y lo que entonces sucedió fue calificado por los vecinos como un verdadero milagro: Pablo se convirtió en un niño modelo, de los que sólo sacan dieses, arreglan su habitación, ayudan con las labores de la casa, se comen todo incluso la sopa de verduras y el hígado encebollado y juegan en silencio sin quebrar cosas ni ensuciarse.
Hugo Molina no sabía que hacer, aquella máscara costaba demasiado y él era un hombre pobre pero le enternecía el esfuerzo de su hijo así que hablo con él.
- El Niño Dios no te va a regalar esa máscara, no ves que cuesta demasiado.
- Pero he sido un niño muy bueno.
- Solo porque ahora quieres la máscara pero antes no y el Niño Dios sabe que si no fuera por eso seguirías comportándote mal además la máscara la quieres para asustar a la gente y eso es hacer maldades -.
Pablo lloró desconsolado, su padre tenía razón por eso al llegar el 24 de diciembre se acostó a dormir temprano, el Niño Dios no le iba a dar su máscara y él no quería otro traído.
Llegaron las doce y poco a poco las calles comenzaron a llenarse de niños que estrenaban sus regalos pero Pablo no aparecía; Hugo Molina decidió ir a llamarlo aunque preparado, se lo imaginaba oculto, esperando para saltarle encima y asustarlo con su máscara de hombre lobo, había tenido que endeudarse para comprarla pero quería ver feliz a su pequeño, por eso iba a fingir estar muy asustado cuando lo viera y en verdad el espanto se pintó en su rostro cuando vio a Pablo tirado en el suelo, muerto y con el rostro deformado por el miedo y es que al levantarse y buscar debajo de su cama estaba tan seguro que el regalo no iba a ser la máscara que al verla bajo su cama pensó que lo que estaba viendo era el rostro de un auténtico hombre lobo mandado por el Niño Dios para que aprendiera a no seguir metiéndole sustos a la gente.
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