lunes, 30 de mayo de 2011

AÑORANZA DE UN RECUERDO

Recuerdo cuando me alcanzaban

los dedos de las manos

para contar las mujeres

con las que había hecho el amor.

Mi corazón estaba menos herido,

la soledad era menos agobiante,

y la esperanza se mantenía a flote.

Hoy ya no alcanzan.

Mi corazón es un campo santo

donde no se puede andar

sin tropezar con el cadáver de un amor

que uno creyó eterno.

La soledad, cual buitre,

se ha alimentado de esos cadáveres,

de promesas rotas,

de sueños mutilados,

y ha crecido hasta ser gigantesca.

La esperanza amenaza con zozobrar;

no sólo por los múltiples orificios

por donde entra un agua salobre y amarga

de la misma composición que las lágrimas,

sino además por el peso

de esa soledad gigantesca.

Es fácil llevarse una mujer a la cama,

es fácil abrir sus labios al beso,

sus piernas al sexo,

mas parece imposible abrir su corazón

y quedarse por siempre en él.

Recuerdo con tristeza

cuando me alcanzaban

los dedos de las manos

para contar las mujeres

con las que había hecho el amor.

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