Recuerdo cuando me alcanzaban
los dedos de las manos
para contar las mujeres
con las que había hecho el amor.
Mi corazón estaba menos herido,
la soledad era menos agobiante,
y la esperanza se mantenía a flote.
Hoy ya no alcanzan.
Mi corazón es un campo santo
donde no se puede andar
sin tropezar con el cadáver de un amor
que uno creyó eterno.
La soledad, cual buitre,
se ha alimentado de esos cadáveres,
de promesas rotas,
de sueños mutilados,
y ha crecido hasta ser gigantesca.
La esperanza amenaza con zozobrar;
no sólo por los múltiples orificios
por donde entra un agua salobre y amarga
de la misma composición que las lágrimas,
sino además por el peso
de esa soledad gigantesca.
Es fácil llevarse una mujer a la cama,
es fácil abrir sus labios al beso,
sus piernas al sexo,
mas parece imposible abrir su corazón
y quedarse por siempre en él.
Recuerdo con tristeza
cuando me alcanzaban
los dedos de las manos
para contar las mujeres
con las que había hecho el amor.
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