Ofreces tu cuerpo
como si fuera mercancía
unos kilos de carne
para saciar la lujuria
del hombre dispuesto a pagar
por el placer de masturbarse en tu vagina
y no en su mano.
Ofreces tu cuerpo
como si no tuvieras nada más,
finges en cada acto un orgasmo
pues sabes que si complaces el ego
tu cliente y su dinero volverán.
¿Cómo sabes cuando el orgasmo es real?
Creo que lloras de temor
cuando aunque sea por un instante
la pasión de uno de esos hombres
logra traspasar tu profesional indiferencia
y hacerte sentir.
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