Renzo nombre de gitano, vida de mendigo fue el primer indigente que conocí.
Su padre era Don Humberto, un hombre déspota que al saber que la esposa a la que había abandonado para irse a vivir con otra mujer tenía un amante fue y le pegó tres tiros, claro que como tenía plata no tocó una cárcel, por eso la gente le temía y en especial sus hijos, todos menos Renzo que había encontrado valor en un pucho de marihuana y en el alhelí con que se embriagaba; Renzo que dormía en las calles y comía sobras frente al supermercado de su padre ante la mirada indiferente de este, aunque pienso que en el fondo aquella indiferencia no era más que una máscara.
Renzo, el mismo que una noche de diciembre se durmió en medio de la calle, y no en cualquier calle: el Palo con Amador, una esquina en una de las zonas más transitadas de la ciudad de Medellín, y mientras Renzo dormía la muerte aguardaba: en algún momento aparecería un carro y lo más probable es que no se diera cuenta de su presencia hasta que lo arrollara porque Renzo y la calle eran del, mismo color producto del polvo y la mugre, además las farolas del alumbrado público estaban rotas y a aquellas horas por aquella zona tan cercana a Niquitao, territorio de jíbaros, drogadictas, prostitutas, mendigos y criminales los vehículos por regla general circulaban a velocidades que sobrepasaban los ochenta kilómetros por hora; pero la misericordia se burló de la muerte: un grupo de borrachos tropezó con el cuerpo de Renzo y conscientes de que acostarse a dormir allí era muy probablemente dormir para siempre lo llevaron hasta la acera y lo depositaron junto al poste del alumbrado público, irónicamente al lado del lugar donde la muerte invisible había estado observando el sueño de Renzo, luego se marcharon a celebrar con unas copas su obra de buena acción pero no alcanzaron a hacerlo ya que antes de llegar a la heladería, a menos de una cuadra de distancia apareció un vehículo transitando a gran velocidad y perdiendo el control chocó contra el poste arrollando a Renzo y quitándole la vida ante la mirada atónita de los que en tan solo un segundo pasaron de ser salvadores a sentirse asesinos mientras la muerte reía de último, reía mejor.
Dado en Medellín el 9 de agosto del 2001.
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