lunes, 30 de mayo de 2011

AMOR LEJANO

Hace días, demasiados días,

te prometí escribirte algo

cuando tuviera tiempo.

El problema para escribirte

no es el tiempo sino el miedo:

miedo a tus palabras,

duendecillos sonoros,

capaz de invadir

hasta los más íntimos rincones

de mi pensamiento,

despertando sueños dormidos,

desordenándolo todo,

alimentando esperanzas famélicas

que uno creía hace tiempo

sepultadas en un fondo insondable,

cuando no ya hechas polvo

merced al influjo del tiempo y la desesperanza.

Miedo a sentir de nuevo

una alegría inconmensurable,

pero no por ello

menos rodeada de melancolía.

El amor tiene oídos y las palabras tienen alas, no las detiene entonces la distancia,

pueden traspasar océanos, países, ciudades

y llevar al amor su mensaje,

y el amor se siente feliz,

las palabras le alimentan y le hacen fuerte.

Pero el amor tiene también

labios, cuerpo, piel…

labios, cuerpo, piel y un sinfín de otras partes

que no se pueden alimentar de palabras,

que necesitan besos, abrazos,

caricias, mordiscos…

Y así, mientras una parte del amor crece: hermosa, exuberante,

el resto agoniza

y llega un momento en que el amor

es tan sólo un zombie,

un espectro, un fantasma.

Vive y no vive,

agonía y vitalidad entrelazadas

y la mente no sabe que hacer

ante la perpetua contradicción,

mientras el amor sangra con alegría.

Mas no por eso deja de ser amor,

y por lo tanto bello.

Tengo miedo a que tus palabras

me conduzcan de nuevo

a ese lugar de locuras,

pero también hay una gran parte de mí

que lo ansía.

Tengo miedo porque siempre

he sido un enamorado de las palabras,

y tu una hermosa hechicera

capaz de conjurarlas y articularlas

de formas insospechadamente bellas,

tus palabras:

duendecillos sonoros,

capaz de invadir

hasta

los más íntimos rincones

de mi pensamiento,

despertando sueños dormidos,

desordenándolo todo,

alimentando esperanzas famélicas

que uno creía hace tiempo

sepultadas…

Sólo en ti he encontrado ese poder,

cómo disfrutar de ese don sin enamorarme.

El amor tiene labios, cuerpo, piel

y un sinfín de otras partes

que no se pueden alimentar de palabras,

que necesitan besos, abrazos,

caricias, mordiscos y un largo,

tal vez infinito etcétera,

pero esas partes del amor

no desean besos, abrazos,

caricias y etcétera de cualquiera,

lo desean del mismo ser

que le alimenta de palabras.

Pero en un jardín lejano

florecen las palabras,

mientras jardines cercanos ofrecen

besos, abrazos, mordiscos…

pero sus palabras,

comparadas con las de

ese lejano jardín florido,

son débiles e insignificantes

cuando no existentes.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

La verdad no tengo respuesta,

pero por lo menos debo comenzar

por cumplir mi promesa de escribirte,

aunque no hago esto sólo para cumplir,

me hacen falta, mucha falta,

los duendecillos sonoros.

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