Hace días, demasiados días,
te prometí escribirte algo
cuando tuviera tiempo.
El problema para escribirte
no es el tiempo sino el miedo:
miedo a tus palabras,
duendecillos sonoros,
capaz de invadir
hasta los más íntimos rincones
de mi pensamiento,
despertando sueños dormidos,
desordenándolo todo,
alimentando esperanzas famélicas
que uno creía hace tiempo
sepultadas en un fondo insondable,
cuando no ya hechas polvo
merced al influjo del tiempo y la desesperanza.
Miedo a sentir de nuevo
una alegría inconmensurable,
pero no por ello
menos rodeada de melancolía.
El amor tiene oídos y las palabras tienen alas, no las detiene entonces la distancia,
pueden traspasar océanos, países, ciudades
y llevar al amor su mensaje,
y el amor se siente feliz,
las palabras le alimentan y le hacen fuerte.
Pero el amor tiene también
labios, cuerpo, piel…
labios, cuerpo, piel y un sinfín de otras partes
que no se pueden alimentar de palabras,
que necesitan besos, abrazos,
caricias, mordiscos…
Y así, mientras una parte del amor crece: hermosa, exuberante,
el resto agoniza
y llega un momento en que el amor
es tan sólo un zombie,
un espectro, un fantasma.
Vive y no vive,
agonía y vitalidad entrelazadas
y la mente no sabe que hacer
ante la perpetua contradicción,
mientras el amor sangra con alegría.
Mas no por eso deja de ser amor,
y por lo tanto bello.
Tengo miedo a que tus palabras
me conduzcan de nuevo
a ese lugar de locuras,
pero también hay una gran parte de mí
que lo ansía.
Tengo miedo porque siempre
he sido un enamorado de las palabras,
y tu una hermosa hechicera
capaz de conjurarlas y articularlas
de formas insospechadamente bellas,
tus palabras:
duendecillos sonoros,
capaz de invadir
hasta
los más íntimos rincones
de mi pensamiento,
despertando sueños dormidos,
desordenándolo todo,
alimentando esperanzas famélicas
que uno creía hace tiempo
sepultadas…
Sólo en ti he encontrado ese poder,
cómo disfrutar de ese don sin enamorarme.
El amor tiene labios, cuerpo, piel
y un sinfín de otras partes
que no se pueden alimentar de palabras,
que necesitan besos, abrazos,
caricias, mordiscos y un largo,
tal vez infinito etcétera,
pero esas partes del amor
no desean besos, abrazos,
caricias y etcétera de cualquiera,
lo desean del mismo ser
que le alimenta de palabras.
Pero en un jardín lejano
florecen las palabras,
mientras jardines cercanos ofrecen
besos, abrazos, mordiscos…
pero sus palabras,
comparadas con las de
ese lejano jardín florido,
son débiles e insignificantes
cuando no existentes.
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
La verdad no tengo respuesta,
pero por lo menos debo comenzar
por cumplir mi promesa de escribirte,
aunque no hago esto sólo para cumplir,
me hacen falta, mucha falta,
los duendecillos sonoros.
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