- ¿Señora, usted me ama? - preguntó el gamín y la mujer que ya estaba preparada para decirle que no había plata se quedó mirándolo sin saber que hacer.
- ¿Señora, usted me ama?
Por supuesto que no lo amaba, era un gamín y para ella eso era sinónimo de mugre, robo, drogas... pero los ojos que la miraban eran los ojos de un niño, un niño como su hijo.
- Claro que te amo querido, eres un niño muy lindo - dijo la mujer sacando un billete para luego salir corriendo lo más rápido posible.
Y él se quedó allí, con el billete en la mano, la sonrisa en los labios y la esperanza palpitando en su pecho: su hermano le había dicho que vivían en la miseria porque nadie los amaba, pero esa señora lo amaba y si ella no era la única tal vez en un futuro cercano las cosas podrían cambiar.
- ¿Señor, usted me ama?
Y el joven no supo que hacer por un instante, claro que no lo amaba, sentía simpatía por él y se oponía al sistema que daba a pocos riquezas y a muchos miseria pero dormía tranquilo mientras aquel pequeño habitaba las calles y sentía hambre y frío.
- Sí, te amo, me encantan los niños - dijo mientras le entregaba las monedas que tenía para pagar el bus y salía huyendo.
Y así, sucesivamente, cada transeúnte interrogado terminó mintiendo y mentira tras mentira el corazón del niño se fue llenando de esperanzas y los bolsillos de dinero.
Al llegar la noche el gamín se encontró con su familia en la acera donde dormían, entregó a su padre parte del dinero y como era mucho más de lo que normalmente conseguía, el viejo sonrió: esa noche tendría plata para el vicio.
Luego, sin que el padre se diera cuenta repartió dinero entre sus hermanos dejando para él una pequeña cantidad, suficiente para comprar lo que siempre había deseado: una bolsa de canicas, siempre había jugado con canicas viejas que encontraba abandonadas a la entrada de las escuelas o con las que ganaba jugando con otros niños de la calle.
Entró al almacén, se dirigió a la sección de juguetería y tomó una bolsa de canicas, la abrazo contra si y se dirigió a la caja, la cajera le pidió las canicas para guardarlas en un bolsa pero él no quiso soltarlas así que finalmente se le permitió salir del almacén con las canicas en una mano y el recibo de la caja en la otra.
La calle se llenó de risas, la miseria se ocultó para dar paso a la alegría, la magia del juego devolvió a los gamines su derecho y condición de niños, pero el encanto duró poco: una moto se acercaba, el parrillero sujetaba un arma en su mano derecha, los niños - de nuevo gamines - salieron huyendo pero el pequeño se detuvo: atrás quedaba su tesoro. Miró hacía la moto, reconoció el rostro del parrillero y su miedo se esfumó; era uno de los transeúntes que le habían dicho que lo amaban.
Se devolvió por sus canicas, tranquilo, incluso feliz, pues sentía que todo había empezado a cambiar, ya no tenía que tener miedo y la realidad dejó las canicas ensangrentadas.
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