El jorobado no salía de su asombro al sentir como la gitana le estrechaba las manos y le miraba a los ojos con ternura.
- No quiero al capitán. - decía - Te quiero a ti y no estoy loca, deseo ser amada toda la vida y no creo que el amor del capitán sea eterno.
- Pero arriesgó su vida por ti.
- Lo se pero es un guerrero, arriesgar la vida es su oficio, es su forma de vivirla.
No jorobado, se que puedo confiar en que me ame siempre y cuando nuestra relación implique riesgo y aventura, pero qué pasará luego, cuando sea tranquilidad, armonía y monotonía. No olvides que es ante todo un guerrero.
- Pero gitana, yo soy un ser deforme.
- Si, tu cuerpo es deforme pero ojalá nosotros los hermosos tuviéramos el alma tan bien formada como la tuya. Además se que a tu lado podría ser feliz. Los dos somos artistas: yo bailarina, y tú poeta. Se que no me dejarías por otra, Que me cuidarías tiernamente, que procurarías empezar el cuento de hadas, en el momento en que normalmente se termina. Por favor, ven conmigo.
El jorobado calló por un instante.
- Mañana te daré una respuesta - dijo de repente y escaló hasta lo alto de la catedral.
No entendía que le pasaba, había soñado tantas veces aquella escena: ella diciéndole que lo amaba, despreciando al hermoso capitán y eligiéndole a él. ¿Por qué no se sentía feliz? No lo entendía, debería ser el hombre más dichoso sobre la faz de la tierra y sin embargo...
- ¿Qué esperas para decirle que si?
- Tristeza - dijo el jorobado refiriéndose a la joven que le había hablado a la vez que giraba para mirarla, y como siempre, al verla, se sintió extraño.
Era tan semejante a él: la joroba en la espalda, la melancolía en la mirada, el amor por las alturas.
Pero también era tan diferente: sus senos, la prominencia de sus caderas, la suavidad de la piel, La dulzura de la voz.
- ¿Cómo te enteraste?
- La escuche amigo mío, y me siento tan feliz.
- ¿¡Feliz!? Nunca imaginé escucharte decir eso amiga tristeza.
- Tienes razón, me tendré que cambiar el nombre, de ahora en adelante me haré llamar Alegría y pareceré un ruiseñor lleno de risas y de cantos. Seré feliz con tu felicidad amigo mío.
Él sonrió al escucharla, sabía que ella lo amaba y aun así allí estaba diciéndole que se marchara, que fuera feliz y que ella sería feliz al saberlo dichoso.
- Ojalá los hermosos tuviéramos el alma tan bien formada - pensó recordando las palabras de la gitana.
- ¿En verdad crees que al lado de ella está mi felicidad?
- La amas.
- Tal vez pero ¿Me ama ella a mí?
- Te lo dijo.
- No, me dijo que me quería pero no que me amaba. Ahora pregúntate por qué me quiere. No tristeza, en sus palabras hay amor, es verdad, pero no hacía mí sino hacía ella misma.
Sabe que uno se acostumbra a la belleza, sobre todo si la posee.
Es consciente de que en el momento en que el capitán comience a habituarse al milagro de su hermosura comenzará a mirar a otras, pero conmigo no teme que suceda eso, piensa que mi fealdad hará de su belleza un eterno milagro, además ¿Quién se fijaría en mí?
Más que un enamorado desea un esclavo, alguien que más que amarla la adore, que esté dispuesto a pasarse la vida satisfaciendo sus más pequeños caprichos.
Eso no es amor, el amor es otra cosa.
El amor es ser capaz de decir a alguien: “me cambiaré el nombre, de ahora en adelante me haré llamar Alegría y pareceré un ruiseñor lleno de risas y de cantos. Seré feliz con tu felicidad amigo mío”.
Es ser capaz de callar un te amo y ofrecer la más tierna, desinteresada y profunda amistad.
El jorobado no dijo más, lo otro que quería decir era impronunciable, se acercó a Tristeza para depositar un te amo en sus labios y mientras saboreaban la sensación de ese primer beso fueron conscientes de que aquel no era el final feliz de un cuento de hadas, sino el comienzo.
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