Te entregaste a mí
para que no me hiciera daño
la intensidad de mi propio deseo,
y luego con mano de hierro
detuviste mi intento
de liberar mi pene
de tu boca succionante,
obligándome a beber
hasta la última gota de placer,
mientras ávida devorabas
hasta la última gota
de mi orgasmo desbordado.
Luego permitiste la dulce venganza
de mi lengua sumergida en tu sexo,
de escuchar tu grito,
de sentir como,
sus húmedos movimientos
desencadenaban en ti
una marea de placer
y jugos vaginales.
Creí en ese momento,
ilusamente, habitar el paraíso
sin necesidad de haber fallecido,
Entonces me pediste que te penetrara:
se acoplaron nuestros cuerpos,
se fundieron nuestras almas,
nuestro pene, nuestra vagina
en perfecto complemento,
y vislumbre por un momento
la felicidad con mayúscula,
por un instante fui habitante
del edénico jardín.
El palpitar del corazón
es un eco del fluir del tiempo:
por eso el galope desbordante
de mi pecho enamorado
convirtió las horas en minutos,
los minutos en segundos
y la noche mutó en instante,
llegando raudo el momento de la partida.
Y la felicidad con mayúscula,
cual poema benedettiano,
fue antecesora
de un nuevo rostro de la soledad,
cuyos rasgos corresponden a tu propio rostro
Desde entonces estoy condenado
a peregrinar del paraíso al infierno,
del infierno al paraíso.
El palpitar del corazón
es un eco del fluir del tiempo:
por eso el apático, lánguido
y lento palpitar de mi corazón,
cuando estás ausente,
convierte los segundos en minutos,
los minutos en horas,
y los días de tu ausencia
mutan en casi eternidades.
Lástima de mí
podrá sentir quien lee estas palabras:
sentimiento absurdo, pesar equivocado.
La felicidad de esos instantes-noches,
felicidad con mayúscula, breve presoledad
pesa más en la balanza
que la tristeza inherente
a esos casi-eternos-días.
Por eso no sólo digo te amo,
sino que soy feliz
porque te amo
(felicidad con minúscula).
Y es que aunque modelado en ausencia,
el rostro de mi actual soledad
semeja tu rostro.
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