En medio del laberinto el guerrero meditaba, necesitaba encontrar la salida y de repente recordó que la siguiente prueba era el dragón así que se guió por el olor a azufre y fuego que brotaba de las fauces de la bestia.
El fuego casi lo calcina, por milímetros no besaron las llamas su carne, se hizo ave con las fuerzas de sus piernas y mientras caía, su espada surcó el aire para cercenar de un sólo tajo la cabeza de su enemigo.
Muerto el dragón se encontró frente al obstáculo de la montaña: logró escalarla clavando sus dedos en la roca, utilizando los orificios hechos con sus manos como apoyo para sus pies.
Al llegar a la cima le aturdió la carcajada de la bruja, se miraron a los ojos y ella escupió sobre él, ágilmente el guerrero interpuso el escudo que fue derretido por la saliva de la hechicera y como una extensión de su brazo y su pensamiento la daga se incrustó en el ojos de la bruja llegando hasta el cerebro y oscureciendo por siempre su vida.
Había pasado todas las pruebas, se acercó a la cabaña donde la princesa había sufrido su cautiverio y tras una ventana la observó sin ser observado...
¡Era tan hermosa!
Sintió miedo, miedo de verla frente a frente.
¿Qué le diría?
Buscó en su mente las palabras y sólo encontró gritos de guerra, desafíos, amenazas y silencios.
Escuchó, ella lloraba pero qué sabía él acerca de secar una lágrima.
La espada cayo de sus manos, en aquel instante sólo era un inútil trozo de acero, escapó despavorido sabiendo que era incapaz de conquistar el corazón de la princesa aunque su mano le perteneciera legalmente por haberla liberado.
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