martes, 31 de mayo de 2011

EL JARDÍN DE DIOS

La hermosura de la cascada hizo que el profeta detuviera su peregrinar cotidiano.

Sus sentidos se sumergieron en la caída de las aguas, todo su ser fue cascada y fue en ese momento que el profeta descubrió que su mirada se llenaba de colores, sus oídos de trinos, su lengua del sabor de los frutos, su nariz del aroma de las flores y que el aire cuajado de rocío que palpaban sus manos provenía del aletear de cientos de pájaros y de mariposas.

Extrañado por lo que sus sentidos captaban el profeta se sumergió en las aguas y descubrió que la cascada no era más que la puerta a un lugar maravilloso.

Un bosque de secoyas rodeando cual guardianes un bosque de árboles más pequeños tales como cipreses y abedules, los cuales a su vez rodeaban un jardín cuajado de flores y mariposas mientras en cada rama, de cada árbol, un grupo de pájaros de diversas especies dejaban escapar sus trinos formándose una única melodía extraña y maravillosa.

Y aunque el profeta sabía que Dios está presente en cada porción del universo sintió que en aquel lugar era mayor su presencia, como si aquel jardín fuera el mismo corazón de la existencia y por eso lo llamó “El jardín de Dios”.

Pero el profeta no se quedó en el jardín, los hombres necesitaban sus palabras.

Y al llegar al poblado más cercano sus primeras palabras fueron sobre ese lugar maravilloso.

Los hombre escucharon embelesados.

- ¿Dónde esta ese paraíso? - preguntaron.

- ¿Para qué quieren saberlo?

- Para ir a adorar a Dios en su propio jardín.

¡Adorar a Dios!, que bellas sonaban esas palabras pero el profeta no sabía si confiar en ellas, en su alma luchaban el amor por los hombres y el conocimiento de los defectos humanos.

Pero, ¿Cómo ayudar a los hombres sin confiar en ellos? ¿Cómo soñar con un mundo mejor y negar la esperanza?

El profeta indicó el camino y luego marchó en busca de otros corazones en los cuales sembrar la semilla de la verdad.

Pasaron los años y los pasos del profeta retornaron al lugar de la cascada: sus ojos fueron acariciados por el resplandor cristalino de las aguas pero más allá de ellas sus sentidos captaron un mundo diferente al que ansiaba y recordaba.

Extrañado se sumergió en las aguas y al otro lado de la cascada descubrió un poblado de hombres: una iglesia de madera, junto a un parque con algunos árboles, rodeada de casas de madera, algunas de ellas con pequeños jardines y jaulas llenas de pájaros.

El profeta quiso huir pero una voz le detuvo.

- Hola, te reconozco, eres tú el profeta que nos enseñó el camino.

- Si, fui yo, pero ¿Qué paso con los árboles?

- ¿Los árboles? Cuando llegamos aquí eran numerosos y el lugar más hermoso de lo que habías dicho, así que decidimos construir un templo y al rededor del mismo nuestras casas para permanecer en este lugar y adorar a Dios.

- ¿Y las flores?

- Ocupaban demasiado espacio así que las cortamos y construimos en el lugar del jardín el templo. Pero no somos inhumanos, hemos conservado en nuestro jardines las flores más hermosas, de esa forma podemos adornar nuestras casas y siempre tener ofrendas florales con las cuales agradar a Dios.

- ¿Y los pájaros?

- Eso fue lo más bello, Dios agradecido por lo que habíamos hecho hizo que los pájaros marcharan y no entorpecieran con sus trinos nuestros rezos.

El profeta no dijo nada, no había nada que decir.

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