Aquí estoy intentando crear el poema perfecto,
ese que cuando tú lo leas
logrará pintarte en el rostro una sonrisa
y en tu corazón hará nacer un amor:
loco, temerario, decidido y maravilloso,
por quien pudo pensar tan hermosas palabras.
Y en este intento, tal vez absurdo,
he llenado cientos de cuartillas,
he tenido que pedir prestado a mi vecino
para comprar una nueva resma de papel,
he gastado una docena de lápices
y tres borradores de nata
y lo único que he logrado
es escribir unos poemitas cursis
de un color rosa subido,
de esos que dan asco
a los verdaderos literatos
y que son excelentes para seducir
a quinceañeras casi vírgenes
que aún esperan hallar un príncipe azul.
Poemas que se bien no lograrían enamorarte
a vos que lees a Benedetti y a Neruda,
escuchas a Silvio y a Pablo Milanés
y conoces con exactitud la frontera
entre el romanticismo y la cursilería
y que no buscas príncipes azules,
sólo a un hombre que te haga sentir mujer.
Estoy intentando escribir el poema perfecto
pero cómo hacerlo si estoy enamorado,
completa y estúpidamente enamorado,
y por eso mi corazón, o mi sentir,
para ser más exactos,
han desplazado a mi intelecto
en la tarea de escribir un poema para vos.
Así que todo es inútil,
por eso te mandó esta líneas,
en las que confieso mi derrota y claudico,
y junto con ellas anexó
un centenar de poemas color rosa subido
de esos que dan asco
de esos que nunca escribiría un buen poeta,
de esos que sólo se le ocurren a uno
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