El ruido de las sirenas, los gritos de los heridos, el llanto por los muertos formaban una lúgubre melodía: la paloma, escultura de Fernando Botero había sido dinamitada, parte de ella había estallado en fragmentos de metal y muerte, los telenoticieros no transmitían otra noticia y mientras la gente se preguntaba quiénes serían los desgraciados asesinos dos niños lloraban y recordaban.
Habían sentido tanta alegría al ver la paloma, era como las aves gigantesca de los cuento fantásticos y por eso pensaron que montados en su lomo podrían llegar a mundos mágicos, donde no hubiera tanto miedo ni dolor.
Pero la paloma no respondió al saludo ni a las caricias.
Así que los niños exploraron en los libros de cuentos en busca de palabras mágicas con las cuales despertar al gigantesco pájaro de lo que pensaban era un hechizo.
Pero todas las palabras fueron inútiles, la paloma seguía dormida.
Entonces los niños descubrieron que las patas de la paloma estaban pegadas al pedestal
- Hay qué liberarla - dijo uno de los niños - pero ¿Cómo?
Y los pequeños comenzaron a investigar, su padre, un terrorista, fue, sin saberlo, proveedor y maestro.
La bomba fue preparada y ante la mirada de los transeúntes, que no repararon en ellos, pues no eran más que un par de niños, colocaron la bomba y se sentaron a esperar, a una distancia prudente, la explosión que liberaría a su amiga para luego montar en su lomo e ir a un mundo mejor, más allá de los golpes, la soledad y el miedo.
Y mientras los niños lloraban la muerte de su amiga y de su sueño, la gente se preguntaba quienes serían los desgraciados terroristas.
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