Nunca te he tenido frente a frente,
he escuchado tu voz
solo dos minutos por un celular,
he visto tu rostro en Internet
en la misma página
donde averigüe lo poco que se de tu vida.
Pero mi corazón late desbocado,
mi piel se estremece,
mi pene está erecto.
Has logrado excitarme,
no sólo de pasión
sino también de ternura;
cómo no lo ha logrado
ninguna mujer
así su boca mariposa
se pose sobre la flor de mi falo
en busca de la blanca miel.
Si estuvieras a mi lado
te besaría sin pedir permiso:
un beso largo y prolongado
como si después de ese beso
me aguardará la muerte,
y el tiempo que dure,
esa dulce caricia de tus labios y los míos,
sea la única eternidad
en que habité de verdad el paraíso.
Si estuvieras a mi lado,
pondría tu tibia mano
sobré mi pené palpitante
para que comprendas
el efecto de tus palabras
en mi cuerpo;
la depositaría con la esperanza
de que se posará allí, cual mariposa,
y entonces la ropa nos estorbará,
y el desnudar poema de nuestras almas
sea un preludio
de ese vestir tu cuerpo y mi cuerpo,
no con burdas telas,
sino con tu caricia y mis caricias.
Claro que lo más probable
es que si hago eso
tú mano no sea mariposa
sino mensajera
entregando cachetadas a domicilio.
Pero no es culpa mía esta locura,
es culpa de tus palabras.
Pues tú no sólo has sigilado mi aliento,
lo has convertido en eterno suspiro,
en eco incesante
que repite tu nombre
Mi mujer poetiza,
no te conozco y no puedo decir que te amo,
pues sería locura, absurdo e insensatez,
pero puedo decirte que tus palabras
han despertado más en mí
que las caricias de mujeres
a las que he amado locamente.
No eres mi elixir
para vivificar la soledad,
eres el veneno que la ayuda
a transitar más rápido por mi piel,
pues antes era una soledad abstracta,
pero hoy tiene tú nombre,
Alba mi mujer poetiza,
y eso la hace una soledad…
gigantesca,
dulcemente cruel,
terriblemente hermosa,
mezcla de alegría y dolor, plenitud y vacío.
Quince días me dijiste hace poco
han de pasar antes de realizarse
el sueño de verte.
Tú que eres una enamorada de las palabras
deberías llamar las cosas por su nombre:
No son quince días…
son quince esperas,
quince agonizares,
quince infiernos,
quince desiertos,
una espera fugazmente eterna
en medio de la cual, tus palabras,
como si fueran mezcla de agua y sal
refrescarán un momento mis heridas
para luego hacerlas más ardientes,
más profundas.
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