Las luces navideñas iluminaban sus figuras harapientas, parecían surgir de todas partes y poco a poco se formó un pequeño ejercito de gamines.
Todos estaban allí, todos habían acudido a aquella reunión para tratar de hallar juntos la respuesta al por qué no recibían regalos en la noche de Navidad.
Los gamines viejos hablaron de los viejos tiempos, los más jóvenes relataron la miseria de los actuales y al comparar se dieron cuenta que antes era más frecuente recibir regalos de Navidad.
Pero también observaron otros cambios.
El Niño Dios había sido desplazado por un viejito de barba blanca y traje rojo que a veces se hacía llamar Santa Claus o Papa Noel, sin que nadie supiera cual era el nombre real y cual el alias.
Este viejito no era como el Niño Dios, que llevaba regalos a todo el mundo. Sólo visitaba gente que tuviera una chimenea en la casa, un árbol de Navidad, unas medias de lana colgadas en la pared y le dejará, como pago por su labor, unas galletas de chocolate y una coca cola bien helada.
Al día siguiente comenzó la construcción de una gigantesca chimenea en un terreno baldío ubicado en el centro de la ciudad que antaño había sido una plaza de mercado y luego un hediondo basurero.
Mientras tanto loas monjas descubrían, felices y asombradas, que por fin las niñas de la calle mostraban deseos de aprender a tejer.
Llegó el día de Navidad, al rededor de una chimenea con las paredes llenas de medias de lana, un árbol de Navidad, una mesa provista con galletas de chocolate y una coca - cola los gamines esperaban la visita del viejito de barba blanca y traje rojo.
En el cielo el trineo mágico se detuvo bruscamente, Papá Noel o Santa Claus, no podía creer lo que veían sus ojos, enternecido se dirigió a aquella gigantesca chimenea, se bajó del trineo y con el saco llenó de regalos a la espalda comenzó a descender por el interior de la misma; de repente se detuvo al escuchar un ruido, alguien había tapado la parte de arriba de la chimenea con una reja de hierro y al mirar hacía abajo observó una pila de cartones viejos y trozos de madera impregnados de gasolina.
Al otro día nadie prestó atención al artículo sobre los restos calcinados de un anciano de barba blanca y traje rojo que apareció en la página roja del principal periódico de la ciudad.
Al otro día sólo se hablaba de lo que había sucedido la noche anterior.
Y es que esa noche de Navidad sobre las calles más miserables del mundo había caído una lluvia de regalos, despertando alegría y desconcierto.
Pero nunca nadie sabrá, pues los gamines saben guardar sus secretos, que fueron ellos quienes obligaron al viejito de barbas blancas y traje rojo a confesar, antes de morir, el escondite secreto de los juguetes en el Polo Norte para luego repartirlos entre los más necesitados y así celebrar la primera y única Navidad Ñera que recuerde la historia de nuestro planeta.
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