El séptimo día Dios vio lo que había creado y se sintió solo.
Aquella soledad invadió sus sentidos, necesitaba compañía y por su mente cruzó la idea de crear a los hombres; seres hechos a su imagen y semejanza, seres que como él sintieran el deseo de crear, de descubrir.
Con los ojos de su mente comenzó a vislumbrar como sería el futuro si creaba a esos seres.
Dios sonrió al ver como los hombres eran felices en el paraíso, como seguían sus enseñanzas y se apartaban del conocimiento del árbol del bien y del mal pero entonces Dios vio en el interior del corazón de aquellos seres aun no creados y supo que al ser imagen y semejanza de un Dios no soportarían por mucho tiempo ni reglas, ni cadenas. Su capacidad de crear y razonar daría luz al deseo de ser libres y Dios presenció la primer rebeldía y la expulsión del paraíso.
Los ojos de Dios se internaron aún más en el futuro... supo del dolor y los errores de aquellos seres y no pudo condenarlos pues vio su reflejo en ellos, supo que sería como ellos si en vez de Dios fuera hombre: que anhelaría el conocimiento y el poder, buscando destronar a su propio creador para no ser de nadie súbdito y que en esa lucha fratricida ningún ser estaría a salvo.
Dios retornó al presente y sus ojos se internaron en un nuevo futuro y descubrió que en un universo sin hombres su creación estaría eternamente a salvo y él se sentiría eternamente solo entonces se preguntó que prefería: arriesgar su propia creación o la soledad, y mientras tanto la soledad se hacía más insoportable.
- Tal vez no pase nada -. Se dijo a si mismo, se mintió a si mismo.
Tomó una bola de barro y comenzó a amasarla para crear al primer hombre, al principio el barro era duro y quebradizo pero luego Dios lo hizo suave y moldeable con sus lágrimas.
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