Eran tiempos antiguos, una tierra joven, unos hombres ingenuos con el alma llena de asombro, hombres que al desconocer las explicaciones de la ciencia buscaban explicar el mundo con las herramientas de la fantasía, y en aquel entonces los hombres tenían otra mirada y los ojos eran también diferentes pues todos los hombres los tenían iguales: un océano de blancura y en el centro la abertura de la pupila, que al ser sólo un orificio da la sensación de ser de color negro.
Pero los hombres querían color en sus ojos y acudieron a los antiguos dioses.
- Nada podemos hacer, son ustedes los únicos que le pueden dar color a sus ojos.
-¿Cómo?
- Miren algo con tanta pasión que se tiña su mirada.
Los hombres no comprendieron la respuesta de los dioses, y el tiempo siguió fluyendo, del asombro se pasó al deseo de poder, el hombre inventó la guerra: el resplandor de las espadas cegaba el de la vida.
Y en aquella nueva era un hombre se hizo leyenda, su nombre no importa, sólo basta saber que fue el primer chacal humano de la historia y el primero en tener color en sus ojos. Estaba descuartizando a un niño, lentamente, disfrutando cada instante, devorando con la mirada aquel macabro espectáculo y entonces alguien gritó su nombre, él volteó a mirar enseñando, a quien lo había llamado, unos ojos del color de la sangre fresca.
Y los hombres ya no fueron iguales sino que se dividieron en los hombres de ojos rojos: los amos, y hombres sin color en la mirada.
Fue el tiempo de la opresión y algunos hombres decidieron no traicionarse convirtiéndose en amos pero no rompieron las cadenas, sólo cambiaron la tiranía de los de ojos color rojo por la tiranía del miedo y sus ojos terminaron tiñéndose de color negro, de tanto ansiar las sombras para que los ocultaran. Y las cadenas que amarraban a los hombres hicieron que nada cambiara pese al transcurrir del tiempo.
Pero un día, un grupo de guerreros llegó hasta lo más profundo de un bosque, perseguían a un ciervo, ansiosos de su carne y de su sangre, y allí encontraron una cabaña aislada del mundo, un lugar al margen del sistema.
Los guerreros entraron y el asombró se pintó en sus ojos: era un lugar lleno de flores, de armonía, de pequeños detalles como nunca antes habían visto; un lugar que no podía ser el de ninguna de las castas que habitaban el mundo: un lugar en el que se respiraba libertad, no salvajismo ni miedo.
Asustados y furiosos salieron de la cabaña para buscar a sus habitantes y matarlos, de repente se estremecieron al escuchar un sonido desconocido, guiados por aquel sonido hallaron a los habitantes de aquella cabaña: dos jóvenes que chapoteaban desnudos en un arroyo mientras reían.
Arma en mano se acercaron a ellos para ver el color de sus ojos, para saber si eran esclavos o enemigos, para saber que hacer.
La respuesta llena de misterio les obligó a huir, aquellos ojos no eran ni rojos, ni negros, ni carecían de color.
Los ojos de ella eran verdes como aquel bosque y como la esperanza que habitaba su alma y en ella florecía.
Los ojos de él eran azules como el cielo que amaba, mostraban una mirada capaz de mirar el porvenir.
Por eso los guerreros huyeron, entendieron que tarde o temprano todo cambiaría, que las cadenas terminarían estallando incapaz de contener el empuje de las alas y que aquellos ojos verdes y aquellos ojos azules sólo eran el preludio de nuevos tiempos y nuevas opciones para colorear la mirada.
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