El hombre sin las dos piernas era el ser más feliz de la aldea de pescadores.
Cada día al llegar la madrugada salía con su bote a pescar.
Su bote: el había talado el árbol y ahuecado el tronco, sus manos le habían dado la forma precisa y sobre la superficie de la madera había tallado las cosas que más amaba.
Cada mañana sus manos empuñaba los remos, igual que el bote, frutos de sus manos y los movían con tal fuerza, rapidez, agilidad y precisión que el bote parecía volar sobre las aguas.
Por eso llegaba siempre primero al mejor lugar de pesca, aunque decían los viejos que el mejor lugar de pesca era el que él eligiera pues sabía arrojar la red como el que arroja una caricia y los peces, estúpidos como hombres, se dejaban atrapar en aquel abrazo de cuerdas.
Por eso, cada día, era el primero en llenar de peces su bote y lograba vender su pescado a buen precio.
Luego se iba para la taberna, se tomaba 2 0 3 cervezas y pulsaba con quien lo retara.
Su fuerza era legendaria, de lugares muy lejanos llegaban personas a tratar de derrotarlo pero nunca aquel brazo fue doblegado.
Después llegaba la noche y aquellas manos tejían el mimbre o modelaban la arcilla.
Sus hijos amaban aquellas manos fuertes y tiernas que los arrojaban al aire y que siempre estaban allí para recibirlos y protegerlos.
Su mujer amaba aquellas manos que la cubrían de caricias.
Sí, sin lugar a dudas, el hombre sin las dos piernas era el ser más feliz de la aldea de pescadores.
Por eso nunca entendimos porque de un momento a otro pareció enloquecer y se arrojó sobre aquel joven de ojos azules y con aquellas manos le arrebató la vida, porque aquellas manos se hicieron asesinas y lo condenaron a cambiar su mar por una celda oscura y húmeda.
¿Por qué? Por qué matar al joven de ojos azules si nunca le hizo daño a nadie, si solo trajo al pueblo alegría y cosas hermosas, entre otras ese nuevo invento de la civilización llamado bicicleta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario