Había sido un poderoso mago y ahora en su ocaso seguía siéndolo, conocía los nombres de todos los dioses, demonios, semidioses y héroes así como todos los hechizos y conjuros y pensaba, aunque no se lo decía a nadie, que el poder de los hechizos residía en si mismo.
Por eso terminó profesando en la religión cristiana ya que la creencia en una fe capaz de mover montañas coincidía con sus propios pensamientos.
Y encontró en los cristianos la familia que nunca había tenido, por eso no vaciló en usar sus poderes para protegerlos de la crueldad de Nerón.
Por eso el emperador tuvo aquel extraño sueño, en el que los rostros de todos los dioses se fusionaron en uno solo.
- Yo soy Yahve, el único Dios, Y es mi deseo que los cristianos, que adoran a mi único hijo, sean la luz que ilumine la oscuridad y si no haces algo para que mi deseo se cumpla conocerás mi furia.
El emperador despertó gritando aterrorizado mientras el mago abandonaba el trance con una sonrisa en el rostro, el sueño y su mensaje habían sido claros.
Y mientras el mago soñaba con el esplendor que alcanzaría el cristianismo bajo la protección imperial, el emperador reflexionaba acerca del sueño. Desconfiaba de los mensajes de los dioses y de los oráculos, sabía que siempre sus palabras tenían un doble sentido y que él no saber interpretarlas correctamente le llevaría a la perdición.
Fueron días enteros los que pasó el emperador, sin dormir, buscando el significado de aquellas palabras pero por fin creyó entender la verdad y grandiosidad de los deseos de Yahve.
Días después Nerón observaba complacido a los cristianos convertidos en antorchas humanas, cumpliendo así el verdadero deseo de Yahve que de seguro sonreiría en su propio Olimpo al ver como los adoradores de su hijo se habían convertido en una luz que iluminaba la oscuridad.
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