Guiado por la locura llegué a la casa de las plegarias, a la entrada un letrero decía:
“Petición, ofrenda y pecado, tríada que conforma la plegaria.
La petición es el ruego, lo que se pide a Dios.
La ofrenda es el pago para la deidad, un intento de nivelar la balanza, entre lo que se pide y lo que se da.
El pecado es la razón de la expulsión del paraíso, el causante del vacío que en un intento absurdo por llenar nos obliga a la plegaria”.
Al entrar me encontré con un pasillo que se extendía hacía el infinito y a izquierda y derecha una hilera interminable de puertas y detrás de cada una la historia de una plegaría.
Abrí muchas puertas, pero mucho de lo que allí vi no pudo ser atrapado por mi memoria ni comprendido por mi pensamiento, y de aquellas cosas que comprendí y no olvidé, muchas no puedo expresarlas con mis palabras y se quedarán dentro de mí y conmigo morirán.
Por eso sólo puedo narrar algunas cosas pero aún así son demasiadas, así que omitiré la mayoría de ellas...
Al abrir la primer puerta, una puerta de color rojo como la sangre fresca, me encontré con un hombre cuyo cuerpo no era más que la suma de heridas y cicatrices, en su mano sujetaba un látigo con bolas de plomo en las puntas que descargaba periódicamente, con la exactitud de un reloj, sobre su propio cuerpo mientras se arrodillaba sobre trozos de vidrio y sobre su frente descansaba una corona de espinas.
Sentí nauseas ante aquella imagen pero pudo más la curiosidad.
- ¿Qué es lo que pides?
- Pido no sufrir más, que la vida deje de ser este perpetuo martirio, esta lágrima constante que fluye como manantial inagotable.
- ¿Qué ofreces?
- ¿Acaso está ciego?, me he coronado con espinas, he desollado mi carne con el látigo, me he arrodillado sobre trozos de vidrio. Pero parece que Dios es insensible y mi dolor aumenta en vez de disminuir, pese a la grandeza de mi sacrificio.
- Pides que cese tu dolor y es tu ofrenda causarte dolor.
- Así es, Dios sólo oye al que se sacrifica así como su hijo, o acaso vas a negar que fue crucificado, que sobre sus espaldas se descargó el látigo y en su frente descansaron las espinas.
- No lo niego, pero no fue el quien se causo dolor... - intenté explicar pero aquel ser no escuchaba, sus labios ensangrentaban un Padre Nuestro y sus actos perpetuaban una vida sinónimo de dolor, dolor que él mismo se causaba, así que salí y cerré la puerta.
Una puerta color azul celeste con su superficie tallada con la imagen de unicornios, dragones y hadas llamó mi atención y al abrirla me encontré con un pequeño, su sonrisa disipó mi tristeza y extrañado por su presencia procedí a preguntar.
- ¿Qué es lo que pides?
- ¿Pedir?
- Si, qué quieres.
- Pues quiero ser grande para poder hacer lo que desee.
- ¿Y qué ofreces a cambio?
- No lo se, sólo tengo una pelota de fútbol, un sapo que yo mismo cogí y una goma de mascar.
Sonreí recordando los pequeños tesoros de mi infancia.
- ¿Cuál es tu pecado?
- ¿Pecado? No lo se. ¿Quieres jugar?
- No puedo - le contesté antes de salir y cerrar la puerta.
La puerta que seguía era de color nostalgia, y tenía grabada en su superficie la figura de un reloj y dentro de su esfera unicornios con el cuerno quebrado y dragones de mirada triste encendiendo cigarros a hombres vestidos de gris y al abrirla encontré a un joven.
- ¿Quién eres, qué es lo que pides? - pregunté al percibir en sus rasgos semejanzas con el pequeño de la puerta anterior.
- ¿Quién soy? Acaso hay alguien que sepa realmente quién es.
¿Qué pido?, no lo se, sólo quiero tener tiempo para soñar, no estar siempre pensando en deudas y compromisos, sentir que el porvenir hará realidad mis sueños, aspirar a algo más que sobrevivir.
- ¿Qué ofreces?
- Mi sacrificio de cada día, mi lucha contra molinos de viento, seguir alimentando los sueños aunque sea con rabia y frustración, pero parece que no es suficiente.
- Te comprendo, pero ¿Cuál es tu pecado?
- No estoy seguro, pero cuando era un niño pedía ser un hombre sin saber realmente lo que eso significaba.
- ¿Quieres jugar? - le pregunté pensando que así podría sentirse de nuevo niño aunque fuera por un instante.
- Me gustaría pero no tengo tiempo y ya se me olvidó.
- A mi también - dije antes de salir y cerrar la puerta de aquella habitación que me traía demasiados recuerdos y me recordaba demasiadas verdades.
Continué abriendo puertas, en una de ellas el dibujo de una mujer que arrancaba las plumas de sus alas para hacer un nido al ser que llevaba en su vientre me llenó de ternura, así que la abrí y fue como si el dibujo tomará vida.
- ¿No amas tus alas?
- Claro que sí.
- Entonces por qué lo haces.
Con su mano acarició su vientre mientras decía:
- Hay otras formas de volar, él agitará sus alas y no sólo se elevará su cuerpo.
- Pero tú seguirás en la tierra.
- Lo se, pero tú ¿Quién eres? ¿Que haces?
- ¿Quién soy? Acaso hay alguien que sepa realmente quién es. Sólo preguntó, escucho y aprendo. ¿Qué es lo que pides?
- Que mi hijo nazca bien, crezca y sea feliz.
- ¿Qué es lo que ofreces?
- A mi hijo, si Dios me ayuda será alguien que haga del mundo un lugar mejor, pero si no es suficiente ofrezco a cambio mi vida.
- ¿Cuál es tu pecado?
La mujer lo pensó y luego con una sonrisa y voz titubeante me respondió:
- Dicen que mi hijo, pero yo no lo creo.
Salí y cerré la puerta, y antes de abrir la que seguía descubrí que el dibujo había cambiado, ahora era el de una anciana con las alas totalmente desplumadas que miraba con tristeza un cielo vacío mientras se preguntaba cuál había sido su pecado.
Y tras cada nueva puerta una nueva historia, como la del pecador que pedía perdón por su pecado, ofrecía a cambio su arrepentimiento pero no sabía que su verdadero pecado no era la falta cometida sino el no ser capaz de perdonarse a si mismo.
Y por fin sólo quedo una puerta, la eternidad encontró un límite en ella misma y sobre su superficie una serie de imágenes aparecía y desaparecían con tal rapidez que el todo se confundía con la nada.
Abrí la puerta y me encontré frente a una extraña presencia. Ninguno de mis sentidos podían comprender lo que captaban, lo único claro fue la sensación de terror, inmensidad e insignificancia que me invadió, mi curiosidad desapareció, quise huir pero algo me detuvo y me escuche a mi mismo, como si fuera otro, hacer la primera de las tres preguntas.
- ¿Qué pides?
- No pido nada, no tengo nada que pedir ni a quien pedir.
- ¿Qué ofreces?
- Por la misma razón que no tengo nada que pedir ni a quien, lo ofrezco todo.
El pánico se apoderó de mí, no quería saber más, sentía que en la historia de aquel ser había una tristeza y una soledad tan infinitas que su sola visión aniquilaría a cualquier ser humano pero debí seguir, era como si las preguntas tuvieran una vida y una voz propia que yo no podía evitar ni aniquilar.
- ¿Cuál es tu pecado? - dijo una voz que no era la mía aunque surgió de mi garganta mientras con las manos me cubría los oídos y mi voz se hacía grito para no escuchar y aún así cada átomo de mí escuchó la respuesta.
- Mi pecado, mi pecado es ser Dios.